Sumergirse en el vacío lleno en el SAT

El abordaje técnico de SAT, como cualquier arte, requiere de una habilidad perfecta en el gesto. Sin embargo, para adquirir su máxima eficacia nos debemos liberar de la técnica en sí. Su máxima eficacia no tiene que ver con que un practicante sepa ejecutar mejor la técnica que otro; el secreto está en la relación que se da entre el terapeuta y el paciente a través del tejido.  

Se produce un intercambio único entre el cuerpo y las manos; el cuerpo lee nuestras manos; la información que nos da hace sentirse cómodo para cambiar; hay algo que va a caballo entre ser testigo con el resolver;  incluso antes de la técnica -o a través de la técnica- el cuerpo sabe que sabes, y en este momento, toda la inteligencia del cuerpo, te da las gracias dándote una posibilidad para que le ayudemos a ir un nivel mejor. Por ello debemos ser puros espectadores, puros observadores de la creación, con una atención ligera, sin esfuerzos. Solo es necesario nuestra presencia y una mano consciente para que sea el mismo cuerpo el que se focalice, ya que el cambio hacia la salud viene de dentro y no del exterior.

Justo en el momento antes del ajuste, para lograr verdaderamente un cambio en la salud del paciente, el practicante debe abandonar su pensamiento y situarse en un estado de quietud mental. El arte de un ajuste alcanza su máxima elevación cuando está vacío de nuestra propia consciencia; debemos observar la técnica en sí misma como si no las observásemos.  Si nuestra acción es través la mente, nuestra mano se congelará. La conciencia de uno mismo es el mayor obstáculo para la ejecución correcta de una técnica que quiere ser verdaderamente eficaz.  Debemos vivir en el tejido, no en la mente. Solo así seremos capaces de sincronizarnos con el ritmo vital de salud de paciente que nos facilitará el cambio.

No nos anticipemos al éxito o al fracaso de la ejecución en el SAT, dejemos que la naturaleza vital del cuerpo siga su curso y el cambio se dará por sí solo. Nuestra eficacia se dará cuando, justo antes del gesto terapéutico, no tengamos pensamientos sobre el resultado. Nuestra intervención debe ser mínima, el cambio viene del propio paciente.

Para que verdaderamente nuestra acción terapéutica sea verdaderamente eficaz y facilitar el cambio del paciente, debemos desprendernos de cualquier ideal, modelo preestablecido o estilo que limite nuestro máximo potencial.

Verdaderamente ponernos en una actitud de observación y contemplación de la salud del paciente es verdaderamente un reto, ya que nuestras mentes son complejas, y si no somos muy conscientes de ello, pueden llegar a ‘encarcelarnos’.

Debemos ayudar al paciente a acercarse a la enfermedad para que la comprenda y pueda vencerla. En la comprensión de cómo ayudar en el cambio hacia la salud, evitar ser superficiales, debemos penetrar en el sentir de la dificultad de la persona, y dentro de ésta sincronizarnos con la salud. Pero todo debe de hacerse desde el “no esfuerzo”, desde la sencillez, desde la simplicidad, es decir, cogiendo la distancia más corta entre dos puntos, sin entrar en la limitación de la complejidad, dejándonos conducir por la iluminación de la intuición.

En el proceso del aprendizaje, nuestra actitud debe de ser la de la acción, la del dinamismo, pero ya durante nuestra vida como terapeutas nuestra mente debe estar en calma, alejándonos de cualquier cosa que la perturbe. Debe vivir en el vacío lleno. Nuestro gesto debe de ser tranquilo, seguro, mirando con ligereza a la salud para que ésta se haga presente.

Cuando requerimos poner nuestra mente en un estado de máxima quietud, de abandonar el pensamiento durante nuestra acción terapéutica, no significa alejarnos del proceso de pensar, sino más bien no estar dominado por los pensamientos. Los pensamientos son fijos, a diferencia del pensar que es un proceso dinámico. La mente del terapeuta debe vivir en un foco nítido para intuir.

La madurez un terapeuta no debería suponer ser cautivo de su propio conocimiento, si no la comprensión de lo que está en nuestro ego más profundo; nuestro conocimiento debe ser flexible al cambio.

La relación entre el tejido y el terapeuta es un proceso de entendimiento, de auto revelación; ser es estar relacionado.

Debemos evitar entrar en la actitud de los terapeutas clásicos, entendidos como un conjunto de rutinas, de ideas, y de tradición, en el que cuando actúan no hacen más que una traducción de lo antiguo. Debemos alejarnos del conocimiento, pues éste está fijado en el tiempo, mientras que el conocer es un proceso dinámico, continuo es movimiento del saber que no tienen ni principio ni fin, mientras que el conocimiento es un proceso aditivo es un cultivo de la memoria llegando a ser mecánico. El aprender nunca deja de ser acumulativo.

La mente condicionada nunca es libre, y eso limita al terapeuta. Para comprender la libertad, la mente tiene que aprender a mirar la vida sin la limitación del tiempo porque la libertad está más allá del campo de la consciencia. Para comprender y vivir ahora, lo de ayer debe de morir; debemos de expresarnos a nosotros mismos, a nuestra esencia, y para ello no debemos mirar hacia atrás, ni tan siquiera a los lados. Para vivir realmente libres debemos de vivir “más allá del sistema”, y vivir tan solo en lo que uno es.

La verdad para entender a la enfermedad es la relación con ella con una actitud de constante movimiento, vivo; tener la totalidad de la comprensión significa ser capaz de seguir, estar en constante cambio; si estamos anclados en un punto de vista particular no seremos capaces de comprender. Nuestra mente terapéutica no debe estar preconcebida, que seleccione, o rechace, y ante todo no empecemos nunca por una conclusión; no censuremos, no aprobemos, simplemente observemos.

La consciencia debe de actuar sin elección, sin pretensión, sin ansiedad; en este estado de la mente existe la percepción, y ésta resolverá todos nuestros problemas. Comprender no solamente supone una percepción, una consciencia y un estado continuos de preguntarse a uno mismo sin llegar a ninguna conclusión. Comprenderse es un estado de relación entre tú y los demás con lo que te rodea, y evitar entrar en el aislamiento.

El esfuerzo dentro de la mente limita a la propia mente pues el esfuerzo implica una lucha hacia un fin, y cuando tienes un fin, una meta, un propósito, has puesto limite a tu mente. La única verdad es la realidad del sentir lo que tenemos en el momento presente.

Debemos sumergirnos en el vacío y la tranquilidad de la mente; debemos quedarnos vacíos, sin seguir ningún estilo; estar tranquilos significa no tener ilusión ni desilusión de la realidad.